
Hay una mentira que puede esconderse detrás de cosas muy buenas: creer que mientras más hacemos, mejor estamos. Nos acostumbramos a medir nuestros días por todo lo que logramos resolver, por las personas a las que ayudamos, por las responsabilidades que cumplimos y hasta por cuánto somos capaces de cargar. Y esa misma lógica puede infiltrarse silenciosamente en nuestra relación con Dios: comenzamos a creer que hacer cosas para Él es lo mismo que estar con Él.
Marta conocía muy bien esa sensación. Cuando Jesús entró en su casa, ella lo recibió y comenzó a atenderlo. No estaba haciendo nada malo. Al contrario, estaba sirviendo a alguien que amaba. Por eso sería injusto convertir esta historia en una comparación donde María hizo todo bien y Marta todo mal. Jesús nunca menospreció el servicio de Marta; lo que hizo fue mostrarle lo que estaba ocurriendo en su corazón mientras servía.
Lucas dice que Marta estaba “preocupada con muchos quehaceres” y que llegó hasta Jesús diciendo: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola?” (Lucas 10:40). Lo que comenzó como un acto de amor terminó convirtiéndose en cansancio, comparación y reclamo. Marta pensaba que el problema era que María no estaba ayudando, pero Jesús dirigió la conversación hacia otro lugar: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas” (Lucas 10:41).
Quizá por eso esta historia incomoda tanto. Porque muchas veces nosotros tampoco estamos haciendo cosas malas. Estamos trabajando, cuidando nuestra familia, resolviendo problemas, cumpliendo responsabilidades, ayudando a otros y tratando de responder a todo lo que demanda nuestra atención. El problema comienza cuando vivimos tan ocupados sosteniendo todas esas cosas que nuestro corazón termina afanado y turbado, exactamente como el de Marta. Seguimos funcionando por fuera, pero por dentro estamos agotados.
Y entonces sucede algo todavía más peligroso: empezamos a confundir productividad con intimidad. Creemos que porque estamos haciendo cosas buenas necesariamente estamos bien con Dios, cuando podemos pasar días enteros resolviendo la vida sin detenernos realmente a estar con Él. No porque hayamos dejado de amarlo, sino porque las muchas cosas comenzaron a ocupar el espacio de la única que Jesús llamó necesaria.
Jesús no le dijo a Marta que abandonara sus responsabilidades. Tampoco le dijo que su forma de amar estaba equivocada. Le mostró que su corazón había perdido el orden. El servicio que debía nacer de estar con Él había comenzado a sustituir el estar con Él. Y cuando eso sucede, incluso las cosas buenas terminan pesando más de lo que deberían, porque estamos intentando hacer desde nuestras propias fuerzas aquello que debía fluir primero de nuestra comunión con Dios.
Tal vez por eso Jesús dijo en otro momento: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). No dijo que separados de Él haríamos menos; dijo que no podemos producir el fruto que permanece. Podemos estar ocupados, cumplir metas, resolver pendientes e incluso hacer cosas extraordinarias, pero ninguna actividad puede reemplazar la vida que recibimos cuando permanecemos en Cristo.
Aquí es donde el evangelio cambia completamente nuestra manera de relacionarnos con Dios. Nuestra relación con Él nunca comenzó con algo que nosotros hicimos. Comenzó con algo que Cristo hizo por nosotros. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Antes de que pudiéramos demostrar fidelidad, servir, obedecer o hacer algo digno de reconocimiento, Jesús ya había ido a la cruz.
Por eso no necesitamos vivir intentando demostrarle a Dios cuánto lo amamos para sentir que merecemos estar cerca de Él. La cruz acabó con esa lógica. No hacemos para ser amados; aprendemos a vivir desde el amor que ya recibimos. No servimos para ganarnos un lugar a Sus pies; servimos después de haber descubierto que Cristo ya abrió el camino para acercarnos al Padre.
Quizá hoy tu agenda está llena y muchas de las cosas que haces son necesarias. Jesús no te está pidiendo irresponsabilidad ni que abandones aquello que te ha sido confiado. Está haciendo algo mucho más profundo: está preguntando si, entre todas esas cosas, todavía existe espacio para Él. Porque puedes tener las manos llenas de cosas buenas y, aun así, tener el corazón lejos de la fuente que debería sostenerlas.
Marta no necesitaba convertirse en María. Necesitaba recordar que antes de todo lo que podía hacer para Jesús estaba el privilegio de estar con Jesús. Y nosotros necesitamos recordar lo mismo.
Porque nunca se trató de hacer más para Dios. Siempre se trató de permanecer en Aquel que ya lo hizo todo por nosotros.
✨ Hoy, háblate con amor y decide que:
Decido dejar de medir mi relación con Dios por cuánto hago, cuánto resuelvo o cuánto puedo cargar. Mi valor no aumenta cuando produzco más; en Cristo ya fui amado y escogido antes de demostrar nada.
📖 “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” — 1 Juan 4:19
Decido revisar mis prioridades cuando las muchas cosas comiencen a llenar mi mente y vaciar mi corazón. No quiero que mis responsabilidades, aun siendo importantes, ocupen el lugar de mi comunión con Dios.
📖 “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” — Mateo 6:33
Decido que todo lo que haga nazca de permanecer primero en Jesús. No quiero servir desde el agotamiento ni vivir intentando demostrar mi valor; quiero que mis acciones sean fruto de una vida sostenida por Su presencia.
📖 “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” — Colosenses 3:23
Reflexión:
Piensa en todo lo que hoy ocupa tu mente y pregúntate: ¿qué estoy haciendo porque realmente me corresponde y qué estoy haciendo porque siento que tengo que demostrar que puedo con todo?
Ahora imagina por un momento que dejas esa lista a un lado y te sientas frente a Jesús. Pregúntale: “Señor, entre todas mis muchas cosas, ¿qué está ocupando el lugar que te pertenece a Ti?”
No necesitas hacer más. Quizá hoy necesitas volver a permanecer.
De corazón a corazón, por Jennifer Arévalo
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